En «El diario de Dolly» los niños no se sientan a estudiar un idioma: lo viven. Juegan en él, cantan en él y se duermen soñando en él, y casi sin darse cuenta, van aprendiendo. De día hay dibujos animados llenos de color, canciones que tararean durante horas y juegos que no quieren soltar, y cada palabra nueva llega envuelta en una imagen y una emoción. Eso es lo que se queda.
De noche, las nanas de «Sueños de Dolly» recogen con calma las palabras del día. Mientras tu peque se queda dormido —tranquilo, feliz, a salvo—, esas palabras se asientan en la memoria profunda, la que dura. Lo que se vive de día y se acuna de noche no se olvida fácilmente. Así, aunque tu hijo pase el día rodeado de otro idioma, este sigue creciendo en silencio, de la forma más natural que existe.
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